March 20, 2020

El rostro de la misericordia / Daniel Conway

La Cuaresma nos prepara para el gran misterio de la Pascua

El mensaje anual para la Cuaresma es la oportunidad en la que el Papa centra nuestra atención en aspectos de la espiritualidad cristiana que quizá se pasen por alto en otras temporadas litúrgicas.

El triple énfasis de la Cuaresma (oración, ayuno y limosna) ciertamente no es inapropiado en otras temporadas, pero lo vemos más nítidamente durante esta época que el papa Francisco denomina “un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria.”

En su mensaje de 2020, el papa Francisco destaca cuatro aspectos de la disciplina espiritual de la Cuaresma: 1) el Misterio pascual, fundamento de la conversión; 2) urgencia de conversión; 3) la apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos; y 4) la voluntad de reconocer que todos los dones que Dios nos presenta son una riqueza para compartir, no para acumular solo para sí mismo. Ciertamente estas son nociones importantes sobre las cuales debemos reflexionar todo el año, pero durante la Cuaresma se nos desafía a analizarlas de nueva formas.

Al hablar de que el misterio pascual es el fundamento de nuestra conversión, el papa nos recuerda que “la alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús.”

La Cuaresma no es un período sombrío y de condena, si no la antesala sobria de una experiencia de gran alegría. En verdad, estas son buenas noticias, pero, tal como nos advierte el Santo Padre: “si preferimos escuchar la voz persuasiva del ‘padre de la mentira’ [cf. Jn 8:45] corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.”

El papa nos desafía a ver que la conversión genuina conlleva una inmediatez y un sentido de urgencia. Dios nos llama a cada uno de nosotros ahora y nos invita a comunicarnos con Él y a cuestionar nuestras formas de pensar, actuar y vivir. “Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal,” afirma el papa. “Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.”

Ahora es el momento de despojarnos del egoísmo y el pecado. Al abrirnos a Dios en la oración, la penitencia y la entrega desinteresada, podemos “llegar a tocar la dureza de nuestro corazón” y descubrir cuánto nos ama Dios.

La oración abre nuestras mentes y corazones para recibir las abundantes gracias de Dios y entrar en un diálogo con Él. El papa Francisco nos dice que “El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses.” Recitar oraciones formales constituye una práctica valiosa únicamente en la medida en que nos dispone a escuchar la Palabra de Dios, a reflexionar en nuestros corazones y, tal como lo dice Santiago, a ser “hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos” (Sant 1:22).

El deseo de Dios de entrar en un diálogo con nosotros es insaciable. Como lo expresa el Sumo Pontífice: “A pesar de la presencia—a veces dramática—del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros.” La cuaresma nos ofrece una oportunidad única para permitir que Dios nos hable “donde quiera que estemos” como pecadores que desean y necesitan el amor redentor de Cristo crucificado.

Por último, el papa Francisco nos dice que el amor y la misericordia de Dios, al igual que todos sus dones están destinados a compartirse. “Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo.”

Las tres prácticas tradicionales de la Cuaresma—oración, ayuno y limosna—son inseparables. Si mantenemos la vista fija en el objetivo—“el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria”—la Cuaresma será una preparación positiva y dadora de vida para la alegría de la Pascua.
 

(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.)

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