July 21, 2017

El rostro de la misericordia / Daniel Conway

Un corazón que no ha sido amado origina odio y violencia

El dolor y el mal han sido problemas que han asombrado a la humanidad desde sus albores. ¿Por qué Adán y Eva se alejaron de Dios? ¿Por qué su hijo, Caín, asesinó brutalmente a su hermano Abel? ¿Por qué sus descendientes sufren dolores y enfermedades? ¿Por qué cada una de las generaciones posteriores se enfrenta a la violencia, la crueldad y a males atroces?

El papa Francisco considera que una de las causas (entre muchas), es la terrible privación de amor que provoca una intensa soledad y desesperanza. En referencia a la juventud, el papa expresa: “Cuando quien no es o no se siente amado es un adolescente, entonces puede nacer la violencia. Detrás de muchas formas de odio social y de vandalismo hay a menudo un corazón que no ha sido reconocido.”

La ausencia de amor provoca que hombres y mujeres de todas las edades corran el riesgo de sucumbir a la “fea esclavitud,” bajo la creencia de que deben ganarse el amor basándose en su apariencia o sus acciones. “¿Os imagináis un mundo donde todos mendigan motivos para suscitar la atención de los otros, y sin embargo ninguno está dispuesto a querer gratuitamente a otra persona? Parece un mundo humano, pero en realidad es un infierno.”

La privación del amor conduce a la violencia contra el propio ser y contra los demás. Endurece el corazón y ocasiona que la persona no se interese por nada ni por nadie (el nihilismo).

El papa afirma que “muchos narcisismos del hombre” solamente pueden superarse mediante “la experiencia del amor dado y recibido.” El amor de verdad, aquel que se entrega incondicionalmente, vence al mal. “Dios no nos ama porque en nosotros hay alguna razón que suscita amor. Dios no une tampoco su bondad a nuestra conversión: más bien esta es una consecuencia del amor de Dios.”

¿Pero acaso no resulta ingenuo pensar que el amor puede cambiar a un criminal abyecto o transformar los pensamientos y acciones de un narcisista que solo se preocupa de sí mismo?

El papa Francisco dice que no. En su natal Buenos Aires observó con sus propios ojos la transformación de criminales convictos gracias al amor incondicional de Dios, reflejado en el rostro de sus madres que acudían a las cárceles locales para visitar a sus hijos. El papa insiste en que el bien vence a la maldad; el amor puede vencer al odio y la desesperación.

“Yo recuerdo a muchas madres, que hacían la fila para entrar en la cárcel, en mi diócesis precedente. Y no se avergonzaban. El hijo estaba en la cárcel, pero era su hijo. Y sufrían muchas humillaciones.”

Esto es reflejo del amor incondicional de Dios, un amor que no exige arrepentimiento ni conversión, sino que se entrega libremente, aunque la persona que lo reciba lo desprecie o lo rechace. El resultado del don de la misericordia divina puede ser un cambio de actitud, pero esto no es una condición. Dios ama a sus hijos tal y como son, con todo y sus pecados, y su misericordia se entrega completa y libremente a todos.

El papa Francisco afirma que solamente el amor incondicional de los padres nos ilustra la profundidad del amor de Dios. “Ningún pecado, ninguna elección equivocada podrá nunca cancelar[lo] del todo.”

El papa nos pregunta: “¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? ¡El amor!”

Tal como lo asevera el papa Francisco, la esperanza cristiana proviene de la certeza de que “Dios Padre que nos ama como somos nosotros. Nos ama siempre a todos.”

La misericordia sigue siendo un tema predominante en las enseñanzas del Santo Padre. Dios es amor y Jesús es el “Rostro de la misericordia,” la manifestación concreta de la capacidad del amor divino para vencer sobre el pecado y la muerte. Al seguir a Jesús, al amar como él lo hizo, podemos transformar nuestros endurecidos corazones y convertirlos en símbolos de esperanza y misericordia para todos aquellos que se enfrentan a la soledad, la depresión y el odio.

¡Nuestro mundo sería un lugar distinto si más de nosotros fuéramos reflejo del amor incondicional de Dios! Ciertamente habría bastante menos violencia, terrorismo y crímenes.

El amor es más fuerte que el odio; es una fuerza que no se subyuga a los principios y poderes oscuros de este mundo. Si en verdad creemos esto, como lo hace el papa Francisco, nos convertiremos en faros de esperanza para aquellas personas que no se sienten amadas.

Recemos por la gracia de acatar el consejo del papa Francisco y ser el rostro de la misericordia para todos aquellos con quienes nos topemos en nuestro día a día. ¡Recemos para que el amor incondicional de Dios se refleje en nuestros rostros y corazones!
 

(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.)

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