Uno en Cristo / Daniel Conway
La Santísima Virgen María aporta calor de hogar a nuestra búsqueda de la justicia
Durante la santa temporada del Adviento, la Iglesia destaca a la Santísima Virgen María y su papel indispensable en la historia de la salvación.
La solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebrada el 8 de diciembre,
y la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, celebrada el 12 de diciembre, son dos ejemplos claros de la importancia que se le da a María en esta época del año, pero hay muchos otros, como, por supuesto, la Natividad del Señor (Navidad), celebrada el 25 de diciembre,
y la fiesta de la Sagrada Familia, celebrada el 28 de diciembre, y la Solemnidad de María, Madre de Dios, el 1 de enero.
En su homilía por el Jubileo de la Espiritualidad Mariana, pronunciada el 12 de octubre, el papa León XIV ofreció una poderosa reflexión sobre la Santísima Virgen María.
Desde los primeros momentos de su pontificado, ha quedado claro que nuestro nuevo Santo Padre se une a sus predecesores inmediatos en la profesión de una fuerte devoción a María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia.
“La espiritualidad mariana está al servicio del Evangelio: revela su sencillez —afirma el Papa, y prosigue—[...] nos hace, junto con ella, discípulos de Jesús.”
Al contemplar a María, la Madre de nuestro Redentor, vemos la justicia divina a través de sus ojos. Tal como nos lo explica el papa León:
[La espiritualidad mariana] nos hace, junto con ella, discípulos de Jesús, nos educa a volver a Él, a meditar y a relacionar los acontecimientos de la vida en los que el Resucitado continúa a visitarnos y llamarnos. La espiritualidad mariana nos sumerge en la historia sobre la que se abrió el cielo, nos ayuda a ver a los soberbios dispersos en los pensamientos de su corazón, a los poderosos derribados de sus tronos, a los ricos despedidos con las manos vacías. Nos compromete a colmar de bienes a los hambrientos, a enaltecer a los humildes, a recordar la misericordia de Dios y a confiar en el poder de su brazo. (cf. Lc 1:51-54).
Prestando mucha atención a María, y especialmente a su fiat que declara: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1:38), descubrimos que también nosotros hemos sido invitados a decir “sí” a la voluntad de Dios sobre nosotros.
También nosotros hemos sido llamados a seguir a Jesús y a ser sus discípulos misioneros en un mundo que o no lo conoce o que ha olvidado cuánto depende de su gracia y de su misericordia.
El papa León no nos dejará olvidar quiénes somos ni cuál es nuestra misión. Nos señala a María y dice:
El camino de María va tras el de Jesús, y el de Jesús es hacia cada ser humano, especialmente hacia los pobres, los heridos, los pecadores. Por eso, la auténtica espiritualidad mariana hace actual en la Iglesia la ternura de Dios, su maternidad. “Porque—como leemos en la Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”—cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes. Mirándola descubrimos que la misma que alababa a Dios porque ‘derribó de su trono a los poderosos’ y ‘despidió vacíos a los ricos’ (Lc 1:52-53) es la que pone calidez de hogar en nuestra búsqueda de justicia” (#288).
Se nos desafía a ser fuertes como María, no de un modo duro o indiferente, sino con la fuerza de la humildad y la ternura. El papa León llama a esto “calidez de hogar,” una expresión poco común, especialmente en una meditación sobre la justicia divina.
Pero, por supuesto, la justicia de Dios es una con su misericordia, Y la imagen que demasiados de nosotros tenemos de un Dios severo e implacable es sencillamente falsa. Es cierto que Dios nos hace responsables de lo que hacemos (o dejamos de hacer) con los dones que se nos han concedido y la libertad de la que disfrutamos. Pero el Dios que nos creó, nos redimió y nos llama a ser santos es un Dios amoroso y de perdón. Su justicia es misericordiosa y su mansedumbre es su fuerza.
María nos muestra el camino hacia su Hijo, Jesús, que es el rostro de Dios encarnado. En María descubrimos la senda que estamos llamados a seguir, el Camino que nos conduce a la alegría del Evangelio. Y, como nos lo explica el papa León “cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño.”
(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.) †