August 23, 2019

El rostro de la misericordia / Daniel Conway

Nuestra fe nos llama a predicar alegría en situaciones difíciles

“La vida es demasiado corta. El humor es algo primordial. Muchos son los problemas que enfrenta el mundo y la Iglesia pero no podemos olvidarnos de ‘La alegría del Evangelio.’ ¡No es ‘La tristeza del Evangelio!’ ” (Obispo australiano Columba Macbeth-Green, citado en Crux, un servicio digital de noticias católicas).

Dos de los temas más constantes en las enseñanzas del papa Francisco son “la alegría” y “el discipulado misionero.”

El Santo Padre regresa a estos temas periódicamente para ampliarlos y aplicar su significado a diversas situaciones y circunstancias.

Durante sus comentarios en el Angelus del 7 de julio, el papa Francisco conectó formalmente la alegría con el discipulado, al decir que “la verdadera alegría es caminar en compañía del Señor.” La Iglesia es misionera por naturaleza, expresó el papa, y los discípulos misioneros siempre deben mantenerse alegres, llevando paz y sanación a todos.

En su primera exhortación apostólica, titulada “Evangelii Gaudium” (“La alegría del Evangelio”), el papa Francisco escribió:

“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque ‘nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor.’

“Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: ‘Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores’ ” (“La alegría del Evangelio,” #3).

La alegría está, o debería de estar, a disposición de todos y los discípulos misioneros fieles de cristo tienen la considerable obligación de transmitir sanación, paz y abundante alegría a todo aquel que encuentren.

Esta labor representa un desafío. Muchos se encuentran en situaciones que son todo menos alegres. Independientemente de la tendencia política, del origen racial, étnico, o de la situación socioeconómica de cada cual, la vida puede llegar a ser una carga o incluso ser opresiva. “Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia—dice el Santo Padre—es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (“La alegría del Evangelio,” #49).

Los discípulos misioneros no deben sentirse abrumados por las dificultades extremas que enfrentan aquellos a quienes están llamados a servir. Si proclamamos el Evangelio con un corazón abierto y una verdadera actitud misionera, el papa Francisco dice que “la misión de la Iglesia estará marcada por la alegría.”

Durante su homilía de la misa en la Basílica de san Pedro, el 8 de julio, el papa Francisco dijo:

“En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los ‘últimos’ que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal. Son sólo algunos de los últimos que Jesús nos pide que amemos y ayudemos a levantarse. Desafortunadamente, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes.

“En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias! ‘No se trata sólo de migrantes,’ en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada.”

Los discípulos misioneros están llamados a proclamar la alegría del Evangelio, pero muy especialmente a «los últimos» que han sufrido abusos y han sido efectivamente olvidados.

Recordemos rezar por “los últimos” y hacer todo lo que esté a nuestro alcance como discípulos de Jesucristo para “caminar en compañía del Señor” y compartir su alegría con todos nuestros hermanos.
 

(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.)

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