April 17, 2026

Cristo, la piedra angular

Encontramos a Jesús en la Sagrada Eucaristía

Archbishop Charles C. Thompson

El Evangelio del tercer domingo de Pascua (Lc 24:13-35) nos presenta el conmovedor relato de los dos discípulos que se encuentran con Jesús en el camino a Emaús. Los dos discípulos, desilusionados, regresan a casa, convencidos de que las grandes esperanzas de Israel en la venida del Mesías se habían visto, una vez más, destruidas por los poderes del pecado y de la muerte.

Los dos viajeros se encuentran con un extraño en el camino. En respuesta a sus preguntas, los discípulos—uno llamado Cleofás y el otro, cuyo nombre se desconoce—relatan: “Lo de Jesús el Nazoreo, un profeta poderoso en obras y palabras a los ojos de Dios y de todo el pueblo: cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron” (Lc 24:19-20). Dejaron claro que habían depositado sus esperanzas en él, solo para llevarse una amarga decepción:

Nosotros esperábamos que iba a ser él quien liberaría a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que eso pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron. (Lc 24:21-24)

El forastero reprende a sus compañeros de camino diciendo: “¡Qué poco perspicaces sois y qué mente más tarda tenéis para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?” (Lc 24:25-26). Luego procede a interpretar las escrituras hebreas—empezando por Moisés y los profetas—que se referían al modo en que el Cristos (el Ungido) tendría que sufrir y morir por la redención de su pueblo.

Cuando los tres viajeros se detienen a pasar la noche en una posada cercana al destino de los dos discípulos, persuaden al forastero de quedarse con ellos y compartir la cena.

El milagro que se produjo aquella noche (“el primer día de la semana”) puede describirse como la primera Eucaristía dominical, la primera vez que Jesús resucitado se entregó a sus seguidores en forma sacramental. El hecho de que los discípulos no le reconocieran hasta que partió el pan y se entregó a ellos—Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad—es significativo porque afirma la importancia de este gran sacramento como fuente y cumbre de la vida cristiana.

Es en la Eucaristía—al partir el pan—donde nos encontramos con el Señor Resucitado, y es en el contexto de este profundo encuentro sacramental donde podemos comprender las verdades que se nos revelan en la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios hecha carne en Él.

A los dos discípulos les sucede algo maravilloso: De seguidores desilusionados que han perdido toda esperanza, llegan a la certeza de que Jesús es el anhelo de su corazón:

Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón en nuestro interior cuando nos hablaba en el camino y nos iba explicando las Escrituras?” Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lc 24:31-35)

Tras reunirse con los discípulos en Jerusalén, los dos que reconocieron a Jesús en el milagro eucarístico que obró para ellos deben esperar, junto con el resto de los seguidores de Jesús, el don del Espíritu Santo. Sí, sus ojos se han abierto y sus corazones se han encendido con el fuego del amor de Cristo, pero aún no están preparados para proclamar al mundo lo que han visto con sus propios ojos.

Con el tiempo, después de que el Señor ascienda al cielo para sentarse a la derecha de su Padre, todos los discípulos de Jesús recibirán el don del Espíritu Santo. Entonces, alimentados por el don de sí de Jesús en la Sagrada Eucaristía y fortalecidos por el Espíritu Santo, anunciarán a Cristo crucificado y resucitado de entre los muertos a todas las naciones y pueblos hasta el fin de los tiempos.

Se nos invita a unirnos a los dos discípulos para recibir a Jesús en la Sagrada Eucaristía, para que también nosotros, fortalecidos por el Espíritu Santo, proclamemos el misterio de nuestra salvación:

El Señor ha resucitado de verdad. ¡Aleluya! †

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