April 3, 2026

Cristo, la piedra angular

El Viernes Santo es un día de tristeza y alegría

Archbishop Charles C. Thompson

Admiremos, felicitémonos, alegrémonos, amemos, alabemos, adoremos; porque por la muerte de nuestro Redentor somos llamados de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del destierro al hogar, del dolor a la alegría eterna. (San Agustín)

El Viernes Santo es el día más triste del año litúrgico. Estamos tristes porque recordamos el intenso sufrimiento y la humillación de Jesús, y evocamos el amargo dolor y la muerte que sufrió por nuestra causa.

Como descubrimos en la primera lectura de la liturgia del Viernes Santo (Is 52:13-53:12):

Fue oprimido y humillado, pero él no abrió la boca. Como cordero llevado al degüello, como oveja que va a ser esquilada, permaneció mudo, sin abrir la boca. Detenido, sin defensor y sin juicio, ¿quién se ocupó de su generación? Fue arrancado de la tierra de los vivos, herido por las rebeldías de su pueblo; pusieron su tumba entre malvados, su sepultura entre malhechores. Por más que no cometió atropellos ni hubo nunca mentiras en su boca. (Is 53:7-9)

El Viernes Santo es, sin duda, un día de luto y un doloroso recordatorio de lo crueles que podemos llegar a ser los seres humanos, no solo entre nosotros, sino incluso con el Hijo único de Dios.

Pero, paradójicamente, el Viernes Santo es también un día en el que se nos invita a alegrarnos y a dar gracias. ¿Cómo es esto posible? Nos alegramos porque por sus heridas fuimos sanados, y por su muerte recibimos la vida eterna.

El Viernes Santo nos muestra que el Señor estuvo dispuesto a renunciar a todo para brindarnos la plenitud de la vida. Eligió libremente someterse a la escandalosa injusticia de la crucifixión para liberarnos del poder adictivo del egoísmo y del pecado.

El Viernes Santo hace posible el Domingo de Resurrección. El Vía Crucis es el camino que nos conduce por la oscuridad y la desesperación de la muerte hacia la luz brillante y la alegría eterna de la resurrección. No hay atajos ni desvíos en el viaje al cielo, no hay un camino más fácil ni más llevadero. Solo existe la Cruz de Cristo, y cada uno de nosotros debe tomar esta cruz y seguirlo si quiere ser uno con Él en la alegría del cielo.

Esta es la enseñanza constante de Jesús: “El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10:39). Jesús nos lo dice con sus palabras y su ejemplo. Quien sacrifique los deseos egoístas, los afanes impulsados por el ego y la búsqueda de admiración, riqueza o poder encontrará la felicidad verdadera y duradera. Por el contrario, quien se aferra egoístamente a estos tesoros mundanos acabará perdiéndolo todo.

Es comprensible que la liturgia del Viernes Santo llame nuestra atención sobre el sufrimiento de Jesús, pero también reconoce nuestros motivos de alegría.

Durante la Adoración de la Cruz, por ejemplo, rezamos:

Adoramos tu Cruz, Señor, alabamos y glorificamos tu santa Resurrección, pues he aquí que por la madera de un árbol ha llegado la alegría al mundo entero.

La alegría llega a todo el mundo gracias al amor abnegado del Hijo único de Dios. Su sufrimiento hace posible la verdadera felicidad. Por eso veneramos lo que en tiempos de Jesús era un espantoso instrumento de tortura y muerte.

Los acontecimientos del Viernes Santo han transformado la injusticia de este día en una experiencia de esperanza y alegría sin límites. Nuestra respuesta no es un dolor o una tristeza paralizantes, sino un acto de adoración sincero que alaba y glorifica el sacrificio que hizo posible la resurrección de Cristo. Y así, podemos cantar:

Canta, oh lengua,
el glorioso triunfo
del cuerpo soberano,
y de la sangre del precioso
fruto del vientre soberano,
que, para rescate del humano,
¡vertió su Rey generoso!

Incluso en medio de nuestra tristeza, tenemos motivo de alegría por el maravilloso amor de Dios. Como enseñaba san Agustín, nuestro Redentor nos ha abierto las puertas del cielo. El Crucificado ha desafiado a la muerte y ha salido victorioso, nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a su luz maravillosa, nos ha liberado de la prisión del pecado, y ha transformado nuestro dolor en alegría eterna.

El Viernes Santo es un vívido recordatorio de que los pecados que fueron la causa original de la pasión y muerte de Jesús continúan hoy. Los males de la injusticia, la guerra, los abusos, los asesinatos indiscriminados, el tráfico de seres humanos, el uso de migrantes y refugiados como chivos expiatorios, y otros crímenes incalificables contra la vida y la dignidad humanas, siguen infligiendo dolor y miseria a la persona de Jesús.

Y, así, la tristeza de hoy es real, pero también lo es la alegría que sentimos: “Pues he aquí que por la madera de un árbol ha llegado la alegría al mundo entero.” †

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