Cristo, la piedra angular
La Semana Santa nos invita a caminar con Jesús en la esperanza
Este fin de semana celebramos el Domingo de Ramos, que da inicio a la semana más santa del calendario litúrgico. Estos siete días nos invitan a caminar con Jesús, a seguir sus pasos y a acompañarle en el Vía Crucis. Es un gran privilegio que no debemos dar por sentado.
Caminar con Jesús significa compartir su efímero triunfo del Domingo de Ramos (Mt 21:1-11), que debió de ser para Él un momento agridulce al saber que, menos de una semana después, la misma multitud que gritaba “¡Hosanna!” pediría su crucifixión. Significa también recordar el consuelo que Jesús recibió seis días antes, cuando cenó con sus amigos María, Marta y Lázaro (Jn 12:1-11) y recibió un recordatorio contundente de que solo Dios tiene poder sobre la vida y la muerte.
Acompañar a nuestro Señor nos permite ser testigos de primera mano de su angustia cuando, reclinado a la mesa con sus discípulos, se turbó profundamente y declaró: “En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará” (Jn 13:21). Sin duda, nos uniremos al resto de sus discípulos, que se sintieron profundamente afectados al escuchar que sería traicionado por uno de los suyos, y protestaremos: “¿Acaso soy yo, Señor?”
Estas son las lecturas de los primeros días de la Semana Santa. Si estamos atentos y queremos de verdad caminar con Jesús, no podemos dejar de compartir sus emociones—positivas y negativas—mientras recorre el itinerario de su vida y cumple la misión que le encomendó el Padre.
La Semana Santa nos invita a preguntarnos cómo nos sentiríamos si hubiéramos estado presentes con Él durante los días que precedieron a su pasión, muerte y resurrección. Y, más importante aún, nos desafía a reflexionar con seriedad sobre nuestra responsabilidad como discípulos misioneros de Jesucristo llamados a compartir con los demás esta milagrosa historia de esperanza.
La proclamación del relato de la Pasión (Mt 26:14–27:66) es el momento culminante de la liturgia del Domingo de Ramos. Las emociones que suscita son exactamente las opuestas a las del Evangelio con que comienza la celebración. Esta es la historia de la humillación libremente aceptada, el cruel sufrimiento y la ejecución inmerecida de nuestro Señor como si fuera un delincuente común y un marginalizado religioso. Quienes apenas días antes gritaban jubilosas palabras de alabanza exigen ahora la crucifixión de Jesús, la forma más horrenda de pena capital en el mundo romano.
¿Cómo reaccionamos nosotros, que seguimos los pasos de Jesús, ante esta historia conocida pero estremecedora? ¿La damos por sentada o nos indignamos ante la crueldad y la injusticia que presenciamos?
Si miramos a Jesús, no podemos dejar de asombrarnos ante sus reacciones. No protesta en voz alta ni se opone activamente a las acciones de las autoridades religiosas y civiles. Se entrega libremente y acepta con humildad que lo que está ocurriendo es la voluntad de Dios.
La Iglesia nos ayuda a comprender la actitud del Señor citando al profeta Isaías (Is 50:4-7):
El Señor Yahvé me ha dado una lengua avezada, que sabe decir al cansado palabras de aliento. Muy temprano despierta mi oído para escuchar, como los discípulos. El Señor Yahvé me ha abierto el oído, y no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mi espalda a los golpes, mi cara a los que mesaban mi barba. Y no hurté mi rostro a insultos y salivazos. Pero el Señor Yahvé me ayuda, por eso no sentía los insultos; y ofrecí mi cara como el pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. (Is 50:4-7)
Jesús no se avergüenza ante las deplorables acciones de sus opresores. De hecho, da testimonio personal de su propia enseñanza: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9).
Quienes seguimos a Jesús en el Vía Crucis tenemos el desafío de cultivar la misma actitud que Él. No debemos tolerar la crueldad ni la injusticia y, como discípulos misioneros, toda nuestra vida ha de estar orientada a construir un mundo justo y lleno de paz. Pero tampoco respondemos a la violencia o a la injusticia con la misma moneda: no buscamos la venganza (“ojo por ojo”), ni apartamos el rostro de los “insultos y salivazos.”
La Semana Santa nos invita a caminar con Jesús, a vivir y morir como Él, con la esperanza confiada de que su resurrección—que sabemos tendrá lugar como culminación del Triduo Pascual—nos traerá la alegría eterna.
¡Que tengamos una Semana Santa llena de bendiciones, y que no dudemos en caminar con Jesús en confianza y esperanza! †