Cristo, la piedra angular
Deja que la luz de Cristo brille en ti y a través de ti
La lectura del Evangelio del cuarto domingo de Cuaresma (Jn 9:1-41) habla de la ceguera como deficiencia física y como metáfora de la oscuridad espiritual o moral.
Jesús pasa junto a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntan: “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” Respondió Jesús: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9:2-3).
Entonces, ¿por qué nació ciego este hombre? De hecho, ¿por qué nace alguien en el mundo con discapacidades físicas o mentales?
La respuesta de Jesús resulta curiosa: “Para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Jn 9:3). Podemos imaginar la confusión de los discípulos. ¿Cómo puede la discapacidad física de alguien—incluso la de este hombre ciego de nacimiento—hacer visibles las obras de Dios?
Jesús utiliza la realidad de la ceguera natural, que no es “culpa” de nadie, para ilustrar la oscuridad espiritual y moral que se cierne sobre nosotros (como el anochecer) a causa de las decisiones pecaminosas que tomamos los seres humanos y las acciones inmorales que se derivan de ellas.
Nuestra ceguera interior y nuestra confusión moral nos hacen pecar. Aunque deberíamos saber lo que es correcto y bueno, deliberadamente no lo vemos y actuamos en consecuencia. Elegimos las tinieblas en lugar de la luz, y vivimos como personas que han sido cegadas por nuestro propio egoísmo y pecado.
A continuación, Jesús añade otro comentario curioso: “Mientras es de día tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado; cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9:4-5). Mientras Jesús esté presente en el mundo, y en nuestras vidas, habrá claridad moral y verdad espiritual, pues Él es la luz que ilumina las tinieblas del mundo.
Pero sin Jesús, prevalece la oscuridad; el pecado abruma la naturaleza humana ordinaria y el mal triunfa. Por eso solo podemos realizar con éxito las obras de Dios cuando Cristo está con nosotros, y su luz brilla en nosotros y a través de nosotros. Él puede obrar milagros a través de nosotros, pero únicamente si dejamos que su luz brille en nosotros.
El Evangelio de san Juan deja claro que Jesús no se limitó a pronunciar palabras de sabiduría espiritual, sino que tomó medidas concretas:
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva y untó con el barro los ojos del ciego. Luego le dijo: “Vete, lávate en la piscina de Siloé” [que quiere decir “Enviado”]. Él fue, se lavó y volvió ya viendo. (Jn 9:6-7)
Jesús es nuestro Salvador (de la palabra griega soter que significa “sanador”). Él cura todos nuestros males, tanto físicos como espirituales. No se limita a predicarnos sabios refranes, sino que actúa y nos desafía a hacer lo mismo.
La primera acción a la que se nos desafía es un examen de conciencia. Debemos preguntarnos: ¿dónde hay oscuridad en nuestras vidas? ¿Dónde hemos permitido que la luz de Cristo sea eclipsada por nuestro propio egoísmo y pecado? ¿Cuándo nos hemos negado a aceptar el poder sanador de Jesús que se nos ofrece en la oración, la lectura sagrada o los sacramentos (especialmente la Reconciliación y la Eucaristía)? ¿Acaso nuestras propias decisiones nos han cegado ante la verdad de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos?
La segunda acción que debemos emprender es salir de nosotros mismos, de nuestras zonas de confort, y esforzarnos por lograr que la luz de Cristo brille sobre los demás. La sabiduría y el ejemplo de Jesús, que vemos en las Sagradas Escrituras, en la liturgia y en las obras de misericordia espirituales y corporales, nos muestran la única luz que puede iluminar satisfactoriamente las tinieblas de nuestro mundo. Solo con la luz del día podemos ver las obras de Dios; si nos dejamos rodear por la oscuridad, nos perdemos.
En la segunda lectura del cuarto domingo de Cuaresma (Ef 5:8-14), san Pablo nos advierte que:
En otro tiempo fuisteis tinieblas; pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz, pues el fruto de la luz consiste en todo tipo de bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas; antes bien, denunciadlas. Sólo el mencionar las cosas que ellos hacen ocultamente da vergüenza; pero, al ser denunciadas, salen a la luz. Pues todo lo que queda manifiesto es luz. (Ef 5:8-14)
Como hijos de la luz, debemos vivir en la luz de Cristo y disipar las tinieblas que nos rodean.
Durante este tiempo de Cuaresma, busquemos activamente la luz de Cristo. Proclamemos con valentía el estribillo que san Pablo cita en la segunda lectura del domingo: “Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo” (Ef 5:14). †