March 6, 2026

Cristo, la piedra angular

La humildad de un Dios sediento

Archbishop Charles C. Thompson

Vemos que Dios le pide de beber a un ser humano, una mujer pecadora, por cierto. ... ¿Cómo puede ser que Dios esté necesitado? ... Sin embargo, Cristo—el que por naturaleza no tiene necesidad de nada fuera de sí mismo—se ha hecho necesitado por voluntad propia, únicamente para mostrarnos que a él le pertenece la vida. Esta acción de hacerse menesteroso por amor bien puede ser la mayor y más asombrosa obra de su omnipotencia. (Padre Simeón, O.S.C.O.)

La lectura del Evangelio del tercer domingo de Cuaresma (Jn 4:5-42) narra la historia del encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo de Jacob. Jesús está cansado y sediento, y le dice a la mujer: “Dame de beber” (Jn 4:7), y esta simple petición provoca un doble escándalo: un hombre que habla con una mujer, y un judío que interactúa con una samaritana.

Erasmo Leiva-Merikakis, monje trapense de la abadía de San José de Spencer (Massachusetts), cuyo nombre religioso es padre Simeón, ha señalado un escándalo aún más profundo. Jesús, la Segunda Persona de la Trinidad, se ha hecho hombre.

En consecuencia, comparte todas nuestras debilidades humanas, excepto el pecado. Cuando ayuna 40 días en el desierto, está hambriento, se siente solo y físicamente débil. Luego de caminar largas distancias, como en este relato del Evangelio, queda exhausto y deshidratado.

El escándalo es que Dios, que es omnipotente, admite libremente su debilidad; se muestra vulnerable ante las exigencias físicas de su humanidad y necesita la ayuda de los demás, en este caso, de una samaritana pecadora. Es cierto que este estado de necesidad es elegido libremente por el Hijo único de Dios, pero no deja de ser paradójico que quien comparte el poder absoluto de la Divinidad con su Padre y el Espíritu Santo deba ahora humillarse pidiendo un vaso de agua a alguien que no es en modo alguno su igual.

La respuesta de la mujer a Jesús refuerza el doble sesgo de su época:

“¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer de Samaría?” [Es que los judíos no se tratan con los samaritanos.] Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios y supieras quién es el que te dice ‘Dame de beber,’ tú se lo habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva.” Contestó la mujer: “Señor, el pozo es hondo y no tienes con qué sacarla; ¿cómo es que tienes esa agua viva? ¿Te crees más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?” (Jn 4:9-12)

Cuando la mujer pregunta a Jesús si se cree más que Jacob, sin querer pone de manifiesto la paradoja de la identidad de Jesús. Sí, es más grande que Jacob (y que cualquier otro ser humano), pero ha elegido deliberadamente humillarse. En lugar del agua ordinaria, él le menciona el alimento espiritual que está a su disposición a través del “agua viva” que sólo Él puede dar.

Jesús le responde a la mujer en el pozo: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, pues el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4:13-14).

La mujer no lo entiende y le dice a Jesús: “Señor, dame de esa agua, para no volver a tener sed y no tener que venir aquí a sacarla” (Jn 4:15). Mientras Jesús habla de alimento espiritual y del don de su propia vida, la mujer piensa únicamente en sus necesidades físicas.

A través del diálogo entre Jesús y la samaritana, conocemos la historia personal de la mujer:

Él le contestó: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá.” La mujer le dijo: “No tengo marido.” Jesús le respondió: “Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco, y el que ahora tienes no es marido tuyo.” (Jn 4:16-18)

La capacidad de Jesús para ver en el alma de la mujer y determinar la verdad sobre su estado civil la convence de que no es un hombre corriente. Ella lo reconoce como el Mesías y comienza a hablar a todos en el pueblo sobre su poder.

La verdad oculta es que Jesús es Dios y hombre. Su humanidad lo hace accesible para nosotros. Mediante su divinidad es capaz de penetrar hasta el fondo de nuestro corazón y hacerse uno con nosotros. “Fueron muchos más los que creyeron por sus palabras” (Jn 4:41), dice san Juan. Y le dijeron a la mujer: “Ya no creemos por tus palabras, pues nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn 4:42). †

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