February 27, 2026

Cristo, la piedra angular

Cada uno de nosotros ha recibido la luz de Cristo

Archbishop Charles C. Thompson

Una nube luminosa los cubrió con su sombra, y salió de la nube una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.” (Mt 17:5)

La lectura del Evangelio del segundo domingo de Cuaresma (Mt 17:1-9) nos ofrece una rara visión de la divinidad de Jesús y de su relación con dos pilares del Antiguo Testamento: Moisés el Legislador y Elías el Profeta.

Como nos dice san Mateo:

Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías, que conversaban con él. (Mt 17:1-3)

Las imágenes que utiliza el evangelista resultan sorprendentes. “Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17:2). Cristo es la luz que ilumina las tinieblas del mundo. Aquí lo contemplamos resplandeciente, acercándonos al misterio de su santidad y ayudándonos a comprender que no es un hombre cualquiera, sino una estrella radiante que ha venido del cielo para disipar las tinieblas del pecado y de la muerte.

No es de extrañar que los Apóstoles se sintieran abrumados. Nunca habían visto nada semejante: la luz deslumbrante, la presencia de Moisés y Elías, y, por supuesto, la voz poderosa que proclama a Jesús como el Hijo amado de Dios.

Es comprensible que Pedro quisiera preservar aquel momento sagrado:

Tomó Pedro la palabra y dijo a Jesús: “Señor, está bien que nos quedemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” (Mt 17:4)

Pero Dios interrumpe a Pedro: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y salió de la nube una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.” (Mt 17:5)

La Transfiguración del Señor es una manifestación de la Santísima Trinidad. El Padre habla con voz firme y revela la identidad de su Hijo amado. Jesús resplandece con un brillo inigualable en compañía de las dos grandes figuras de la Ley y los Profetas judíos. Y el Espíritu Santo se cierne sobre la escena en forma de nube luminosa.

Dios se hace presente en su admirable unidad en la diversidad. Se revela a Pedro, Santiago y Juan; pero, al descender de aquel monte santo, reciben una instrucción estricta: “No contéis a nadie la visión, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos” (Mt 17:9).

La visión que contemplaron los tres Apóstoles no puede comprenderse plenamente separada de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Su divinidad ha de contemplarse inseparablemente unida a su humanidad para que podamos entender el misterio de nuestra redención. Era necesario que fuera humillado, herido y golpeado, y que padeciera una muerte cruel, antes de resucitar de entre los muertos y manifestar su luz eterna. Hasta que Jesús no resucitara y regresara al Padre, el misterio de su Encarnación debía permanecer completamente oculto.

En la segunda lectura del domingo (2 Tm 1:8-10), san Pablo refuerza esta profunda intuición:

[Él] nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia, que nos concedió desde toda la eternidad en Cristo Jesús. Esta gracia se ha hecho patente ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio. (2 Tm 1:9-10)

La luz de Cristo brilla a través de la oscuridad de su pasión y muerte. Él trae al mundo la vida y la inmortalidad, porque el resplandor de su vida interior no puede ser vencido por las tinieblas de su sufrimiento ni por la humillación de la Cruz.

“Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” (2 Tm 1:8). A través de nuestro sufrimiento damos un testimonio vivo de la luz de Cristo. Jesús “nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa” (2 Tm 1:9) no por nada que hayamos hecho para merecerlo, sino porque quiere que participemos de su gloria.

El asombroso milagro que san Mateo nos revela en el Evangelio de este domingo pretende inspirarnos para que aceptemos la invitación del Señor a ser santos como Él. La luz de Cristo nos ha sido dada a cada uno de nosotros en el Bautismo. Estamos llamados a ser mujeres y hombres santos, que disipen su propia confusión interior y la oscuridad del mundo que nos rodea.

Que la luz de Cristo resplandezca siempre en nosotros. Y que aprovechemos este tiempo de Cuaresma para compartir con los demás la fuerza que proviene de nuestro Dios trino. †

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