Cristo, la piedra angular
En las Bienaventuranzas, Cristo nos desafía a dar un giro radical a nuestras vidas
La lectura del Evangelio del cuarto domingo del tiempo ordinario (Mt 5:1-12a) contiene las ocho bienaventuranzas que consideramos como los principios éticos fundamentales del cristianismo y que, sin duda, prescriben una forma de vida que conduce a la bondad y a la verdadera felicidad. Pero las bienaventuranzas son mucho más que un conjunto de pautas morales.
La forma de vida que Jesús nos presenta en su Sermón de la Montaña cambia por completo nuestra noción de la ética o la rectitud. Cada una de las ocho bienaventuranzas contradice la intuición. Desde la perspectiva de Cristo, el camino hacia la felicidad es diferente de lo que cabría esperar. De hecho, como nos muestran las bienaventuranzas, los valores que consideramos correctos y que están respaldados por nuestra cultura deben cambiar por completo.
En su obra Vida de Cristo (capítulo 11, “Bienaventuranzas”), el venerable arzobispo Fulton J. Sheen escribe: “El Sermón de la Montaña no puede separarse de la crucifixión [de Cristo], como tampoco se puede separar el día de la noche. El día en que nuestro Señor nos enseñó las Bienaventuranzas, firmó su propia sentencia de muerte.” El arzobispo Sheen dice que todo el mundo quiere ser feliz, pero según Jesús, el único camino hacia la felicidad auténtica pasa por la Cruz.
Las ocho bienaventuranzas pueden contrastarse con lo que el arzobispo Sheen llama “ocho eslóganes vacíos del mundo: seguridad, venganza, risa, popularidad, desquite, sexo, poderío armado y comodidad,” que el Señor trastoca por completo:
A quienes dicen que no se puede ser feliz si no se es rico, él les responde: “Bienaventurados los pobres de espíritu.” A quienes afirman que no hay que dejar que se salgan con la suya, les dice: “Bienaventurados los pacientes.” A quienes sostienen que si uno ríe, el mundo ríe con uno, les dice: “Bienaventurados los que lloran.” A quienes dicen que si la naturaleza le ha dotado de instintos sexuales, debe darles rienda suelta, porque de lo contrario se frustrará, Él les replica: “Bienaventurados los de corazón limpio.” A quienes dicen que hay que ser popular y conocido, Él les responde: “Bienaventurados serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias.” A quienes dicen que en tiempos de paz hay que prepararse para la guerra, Él les dice: “Bienaventurados los que trabajan por la paz.”
Todos los llamados valores morales que hacen que la felicidad dependa de la autoexpresión, la libertad, la diversión o “comer, beber y ser feliz porque mañana no estaremos aquí” son rechazados por Jesús como callejones sin salida. No conducen a la felicidad genuina, sino que, como señala el arzobispo Sheen, con demasiada frecuencia traen “trastornos mentales, infelicidad, falsas esperanzas, miedos y ansiedades.”
Ser “bienaventurado” es vivir una vida abierta a la voluntad de Dios (en lugar de la nuestra) y dedicar nuestra vida a buscar el tipo de amor abnegado que Jesús nos mostró con sus palabras y su ejemplo durante toda su vida, hasta su muerte en la cruz. La felicidad no es algo que nosotros mismos podemos generar—no está en nuestras manos—sino que proviene del tipo de abnegación que Jesús demostró a través de su encarnación, de su vida de humilde servicio y al entregarla como rescate por nuestros pecados.
La segunda lectura del cuarto domingo del tiempo ordinario (1 Cor 1:26-31) refuerza la idea de que la perspectiva de Dios sobre lo que es más importante en la vida a menudo es muy diferente de lo que nosotros entendemos. “Dios escogió lo tonto del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos,” nos dice san Pablo. Pero también eligió “lo más bajo y despreciado y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse.”
Esto es lo que hizo Jesús cuando se hizo hombre y cuando eligió libremente entregarse a los líderes religiosos y políticos de su época como cordero sacrificial que quita el pecado del mundo. Esto es lo que significa transformar los valores del mundo, ponerlos patas arriba: ser bendecidos por Dios por nuestra fidelidad al camino que Él ha elegido para nosotros, en lugar del que nosotros habríamos elegido.
San Pablo nos dice: “Hermanos, consideren su propio llamamiento: no muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; tampoco son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna.” Somos personas comunes elegidas por Dios para vivir una vida de bondad, humildad y amabilidad extraordinarias. Estamos llamados a ser humildes, pacientes, puros y totalmente obedientes a la voluntad de Dios. Por encima de todo, se nos desafía a ser pacificadores que sigan el único camino que conduce a la auténtica felicidad: el Camino de la Cruz. †