Cristo, la piedra angular
Como los Apóstoles, Jesús nos llama a dejarlo todo y seguirle
Mientras caminaba junto al lago de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: uno era Simón, llamado Pedro, y el otro, Andrés. Estaban echando la red al lago, pues eran pescadores. “Vengan, síganme —dijo Jesús—, y los haré pescadores de hombres”. Al instante dejaron las redes y lo siguieron. Más adelante vio a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca remendando las redes. Jesús los llamó y dejaron enseguida la barca y a su padre para seguirlo. (Mt 4, 18-22).
El Concilio Vaticano II destacó “el llamado universal a la santidad” (Lumen Gentium, capítulo 5). La invitación de Jesús a dejarlo todo y seguirle se extiende a todas las personas que desean integrarse a su ejemplo de vida.
Cristo nos llama a cada uno por nuestro nombre y aunque los caminos que tomemos sean muy diferentes, el Espíritu Santo nos garantiza que encontraremos a Jesús independientemente del sendero que elijamos.
Quizá parezca que los caminos que siguieron las mujeres y los hombres santos que veneramos son muy distintos. En algunos casos, como el de san Francisco Javier y la santa Madre Theodore Guérin, copatronos de nuestra Arquidiócesis, su camino los llevó a realizar trabajo misionero en tierras extranjeras.
Otros santos, como san Vicente de Paúl y santa Teresa de Calcuta, se ocupaban de los pobres y los marginados sociales. San Francisco y santa Clara de Asís abandonaron todas sus posesiones mundanas para entregarse a una vida de pobreza radical. Santo Tomás de Aquino y santa Catalina de Siena dedicaron toda su vida a la reflexión piadosa y a la enseñanza.
Durante los últimos 2,000 años, mujeres y hombres de todo el mundo han seguido a Jesús por caminos diferentes y han respondido a la llamada universal a la santidad de maneras únicas y profundamente personales. En el proceso, han inspirado a innumerables personas a unirse a ellos para decir “sí” al llamado del Señor para ellos.
La vocación (el llamado) que cada uno recibe del Señor moldea quiénes somos y cómo vivimos el Evangelio en nuestra vida cotidiana. Las mujeres y los hombres consagrados (religiosas, religiosos y sacerdotes) siguen a Jesús según los carismas (dones) de los fundadores de sus respectivas órdenes.
Por ejemplo, las Hermanas Franciscanas de Oldenburg y los Frailes Franciscanos de nuestra Arquidiócesis viven su vida religiosa siguiendo a san Francisco de Asís. Lo mismo ocurre con los benedictinos del monasterio de Nuestra Señora de Gracia y de la archiabadía de san Meinrad, que siguen la Regla de san Benito. Las Hermanas de la Providencia y los jesuitas procuran vivir como les enseñaron sus fundadores. Todos siguen a Jesús, pero de la forma que caracteriza a los santos y santas que fundaron sus órdenes religiosas.
La mayoría de los católicos aquí en el centro y sur de Indiana responden al llamado universal a la santidad viviendo el Evangelio en la cotidianidad de sus vidas.
La Eucaristía dominical, fuente y cumbre de la vida cristiana, es la forma de congregar a la gente en torno a la mesa del Señor para encontrarse con Jesús en la Palabra y el sacramento. La misa dominical es también la ocasión para “salir” a proclamar el Evangelio con palabras y acciones. Los católicos laicos siguen a Jesús en la oración y el culto, aprendiendo sobre su fe y compartiéndola con los demás, cuidando de los pobres y vulnerables, y viviendo como administradores generosos y responsables de todos los dones de Dios.
Los obispos, los presbíteros y los diáconos también están llamados a la santidad, pero de manera distinta a los demás cristianos bautizados. Si bien todos participan de la santidad de Cristo, a los que reciben el sacramento del Orden se les pide que tomen el lugar de Cristo siendo instrumentos de la gracia de Dios a través de los sacramentos (especialmente la Eucaristía y la reconciliación), la oración constante (Liturgia de las Horas, meditación), la predicación del Evangelio, la atención pastoral y el servicio como padres espirituales y servidores del pueblo de Dios, todo ello mientras se esfuerzan por alcanzar la virtud personal, la abnegación y ser testimonio vivo del amor de Cristo en su vida diaria.
En el Evangelio del domingo (Mt 4, 12-23), Jesús llama a Pedro, Andrés, Santiago y su hermano Juan para que lo dejen todo y lo sigan. Respondieron al llamado a la santidad sin comprender plenamente lo que se les pedía. Su recompensa no sería inmediata, ni en forma de riqueza, poder o prestigio. Todos sufrirían penurias, y su ejemplo inspiraría a muchas generaciones futuras a seguirlos.
Ya seamos clérigos, religiosos o laicos, Jesús nos pide que lo dejemos todo, que confiemos en Él y que crezcamos en santidad entregándole nuestra voluntad y nuestra vida.
Que tengamos la sabiduría de decir “sí” al llamado de Jesús a ser santos. Que seamos mujeres y hombres valientes que no prefieren nada por encima de vivir la santidad de Cristo. †