Cristo, la piedra angular
Como Juan el Bautista, estamos llamados a dar testimonio de Cristo
No es gran cosa que seas mi siervo, ni que restaures a las tribus de Jacob, ni que hagas volver a los de Israel, a quienes he preservado. Yo te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra (Is 49:3-6).
El pasado fin de semana, el Evangelio de San Mateo (Mt 3:13-17) nos mostró que el Dios Trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo) participó activamente en el lanzamiento de la obra salvadora de Jesús como maestro, sanador y fuente de consuelo.
Mediante su participación en el bautismo de Jesús, las tres Personas Divinas de la Santísima Trinidad proclamaron el mensaje profético de que el reino de Dios está cerca y que solo Jesús es el Salvador del mundo.
Este fin de semana, al celebrar el segundo domingo del Tiempo Ordinario, san Juan el Bautista vuelve a ser una figura predominante en el relato evangélico (Jn 1: 29-34), pero su papel es diferente.
Mientras que el fin de semana pasado Juan fue, a regañadientes—casi involuntariamente—el instrumento de la purificación ritual de Jesús, en el incidente descrito por san Juan Evangelista, es un poderoso testimonio de Jesús como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29).
Juan el Bautista revela la profundidad de su humildad en ambos relatos del Evangelio. Por un lado, se resiste a bautizar a Jesús porque sabe que Jesús no es pecador.
Es más, este hombre santo, una celebridad local a la que acudían personas de todos los estratos de la sociedad judía tras recorrer muchos kilómetros, sabía en lo más profundo de su corazón que no era digno:
Después de mí viene un hombre que es superior a mí, porque existía antes que yo. Yo ni siquiera lo conocía, pero para que él se revelara al pueblo de Israel, vine bautizando con agua. (Jn 1:30-31)
En otra sección, Juan reconoce que no es digno ni siquiera de desatar las sandalias de Jesús (Jn 1:27). Es muy consciente de que las diferencias entre ellos son enormes, y por eso no duda en proclamar a Jesús como el Salvador largamente esperado, el Cordero de Dios que redimiría a su pueblo, Israel.
La primera lectura del segundo domingo del tiempo ordinario (Is 49:3, 5-6) amplía la visión de Juan. Sí, Jesús es aquel que prometió “restaurar las tribus de Jacob y a los sobrevivientes de Israel” (Is 49:6), pero su misión se extiende más allá del pueblo judío. “Te pongo ahora como luz para las naciones, a fin de que lleves mi salvación hasta los confines de la tierra” (Is 49:6).
Juan el Bautista cumple su papel de hombre sabio y santo en la tradición de los grandes profetas del Antiguo Testamento al señalar a Jesús como el Cordero de Dios, pero también reconoce que no recibió esta visión profética por su cuenta, sino como revelación del Espíritu Santo:
Yo ni siquiera lo conocía, pero para que él se revelara al pueblo de Israel, vine bautizando con agua. Juan declaró: “Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo mismo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu desciende y permanece es el que bautiza con el Espíritu Santo.’ Yo lo he visto y por eso testifico que este es el Hijo de Dios” (Jn 1:31-34).
La capacidad de Juan para dar testimonio de Jesús como Hijo de Dios es el resultado del don del Espíritu Santo. Por sus propios medios, Juan no podría haber sabido quién era Jesús. Una vez más, la Santísima Trinidad actúa aquí iluminando y dando poder a san Juan el Bautista para dar a conocer al mundo que Jesucristo es el Señor.
San Pablo dice a la Iglesia de Corinto (y a todos los que hemos sido bautizados) que también nosotros hemos sido elegidos por el Dios Trino para dar a conocer al mundo el poder salvador del Cordero de Dios. Nosotros, que hemos “sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser su santo pueblo, junto con todos los que en todas partes invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y de nosotros” (1 Co 1:2), hemos de ser evangelizadores llenos del Espíritu que dan testimonio, como Juan el Bautista, de aquel que quita el pecado del mundo.
A medida que continuamos con nuestro nuevo año de gracia, tengamos presente nuestra responsabilidad bautismal de hacer lo que hizo Juan el Bautista. Señalemos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y encontrémoslo en la Palabra, en los Sacramentos (especialmente en la Sagrada Eucaristía) y en el servicio a todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo. †