Cristo, la piedra angular
Jesús nos enseña a vivir con su testimonio de paz
Entonces apareció una nube que los envolvió de la cual salió una voz que dijo: “Este es mi Hijo amado. ¡Escúchenlo!” (cf. Mc 9:7)
La lectura del Evangelio del Bautismo del Señor (Mt 3:13-17), que celebraremos este domingo, nos cuenta que Juan el Bautista trató de impedir que Jesús participara en este ritual de purificación.
“Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” reclama Juan (Mt 3:14). La respuesta de Jesús no refuta la veracidad de la afirmación de Juan; en vez de ello, le dice: “Hagámoslo como te digo, pues nos conviene cumplir con lo que es justo” (Mt 3:15).
San Mateo deja claro que lo que lleva a Jesús a someterse a ese bautismo de arrepentimiento no es su condición de pecador; no lo necesitaba.
Por el contrario, Jesús elige libremente ese ritual de limpieza y curación porque cree que es importante “cumplir con lo que es justo,” es decir, ser alguien que escoge hacer lo que es correcto, no por su propio bien, sino por el de los demás.
Esta decisión libre que toma el Hijo de Dios está en consonancia con su misión: se humilló a sí mismo, como dice san Pablo, y se hizo hombre por nosotros.
De hecho, todo lo que hizo durante su breve estancia en la Tierra lo hizo deliberadamente para salvarnos de nosotros mismos. Sus curaciones, sus enseñanzas, sus palabras de consuelo y de advertencia, y todos sus gestos grandes y pequeños (los signos y prodigios que realizó) fueron por nuestro bien. Nuestro Señor no estaba obligado a hacer nada. Todo lo eligió libremente conforme a la voluntad de su Padre para él.
Por eso, cuando Jesús fue bautizado por san Juan en el Jordán, se escuchó “una voz desde el cielo diciendo: ‘Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección’ ” (Mc 1:11).
Un simple signo de solidaridad con la raza humana pecadora (todos nosotros) se considera un acontecimiento de profundo significado trinitario. El Dios Único (Padre, Hijo y Espíritu Santo) actúa con perfecta unidad al afirmar la importancia de nuestro arrepentimiento como condición necesaria para reconocer y aceptar el perdón incondicional de Dios. Dios siempre perdona, pero solamente podemos aceptar esta verdad divina si nos arrepentimos y permitimos que el poder sanador de Dios limpie nuestra alma.
En la segunda lectura del domingo (Hch 10:34-38), escuchamos el testimonio de san Pedro:
Pedro tomó la palabra y dijo—“Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia. Dios envió su mensaje al pueblo de Israel, anunciando las buenas noticias de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Ustedes conocen este mensaje que se difundió por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret: cómo lo ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder, y cómo anduvo haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.” (Hch 10:34-38)
La gracia de Dios está al alcance de todos. No muestra parcialidad, sino que abraza libremente a cualquiera que se dirija a él en busca de perdón con el corazón abierto. Dios estaba con Jesús de la manera más íntima y profunda que se pueda imaginar. Era el “Hijo Amado,” el Verbo de Dios encarnado, cuyo aliento trae sanación y esperanza a todos los “oprimidos por el diablo,” es decir, a todos los que estamos sometidos al poder del pecado y de la muerte.
El Bautismo del Señor, que sucede al comienzo del ministerio público de Jesús, es un poderoso signo de que la justicia y la misericordia han entrado en el mundo de un modo radicalmente nuevo.
Como nos dice la primera lectura (Is 42:1-7):
Este es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu y llevará justicia a las naciones. No clamará, ni gritará, ni alzará su voz en las calles. No acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia; no vacilará ni se desanimará hasta implantar la justicia en la tierra. En su enseñanza las costas lejanas pondrán su esperanza. (Is 42:1-4)
El Justo ha venido templado con misericordia y da testimonio de una paz tranquila y tierna. Al elegir libremente “cargar con el pecado,” Jesús cumple toda justicia y nos muestra cómo vivir como mujeres y hombres libres que ya no están sometidos a la esclavitud del pecado y de la muerte (2 Cor 5:21).
A diferencia de Jesús, usted y yo fuimos bautizados por necesidad, porque como seres humanos pecadores necesitábamos la gracia salvadora de Cristo. Cumplamos nuestras promesas bautismales eligiendo vivir como fieles discípulos misioneros de Cristo, cuyas decisiones libres en el río Jordán y en la cruz nos han limpiado de nuestros pecados. †