Uno en Cristo / Daniel Conway
Al profesar nuestra fe, comprometámonos también a vivirla
Para conmemorar el aniversario número 1,700 del Concilio Ecuménico de Nicea, en el que se formuló el credo que lleva el nombre de esa ciudad y que recitamos los domingos durante la misa, el papa León XIV escribió una carta apostólica titulada “In Unitate Fidei” (“Sobre la unidad de la fe”).
En esa carta, el Santo Padre señala que esta confesión de fe que “desde hace siglos constituye el patrimonio compartido entre los cristianos, merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual” (#1).
“Confesar nuestra fe” significa mucho más que simplemente expresarla, explicarla o incluso intentar persuadir a los demás de ella. “Confesar” significa vivirla, hacerla parte integral de lo que somos como mujeres y hombres unidos en nuestra fe en Jesucristo.
El papa León nos invita a “confesar nuestra fe” y a comprenderla más profundamente “de manera siempre nueva y actual.” Nos desafía a dar un profundo testimonio personal en nuestra vida cotidiana de las verdades que profesamos cada vez que recitamos el credo de Nicea. Estas verdades son esenciales para comprender quién es Dios y quiénes somos nosotros como fieles seguidores de Jesucristo.
Según el papa León, “el corazón de la fe cristiana” es la creencia de que Jesucristo es el Hijo de Dios. Todo lo demás, o bien se deriva de esta creencia fundamental, o bien explica con más detalle las implicaciones de esta profunda declaración de fe. El Santo Padre insiste en que la antigua fe que confesamos no es algo anticuado o irrelevante, sino que “nos da esperanza en los tiempos difíciles que vivimos, en medio de muchas preocupaciones y temores, amenazas de guerra y violencia, desastres naturales, graves injusticias y desequilibrios, hambre y miseria sufrida por millones de hermanos y hermanas nuestros” (#2).
¿Por qué el Credo nos da esperanza? Porque describe la relación de Dios con su creación ([el creador] “de todo lo visible y lo invisible”); porque afirma que Jesucristo es el Hijo de Dios (“engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”) y que es uno con nosotros, en todo menos en el pecado.
Estas dos verdades son fundamentales para nuestra comprensión de la fe cristiana. Tal como nos lo explica el papa León:
“Los Padres de Nicea quisieron permanecer firmemente fieles al monoteísmo bíblico y al realismo de la encarnación. Quisieron reafirmar que el único y verdadero Dios no es inalcanzablemente lejano a nosotros, sino que, por el contrario, se ha hecho cercano y ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo” (#5).
Creemos en el único Dios verdadero (Padre, Hijo y Espíritu Santo), y profesamos a Jesús, el Hijo de Dios, como nuestro hermano. Todo lo demás se deriva de esto. Para profundizar en estas verdades, basta consultar el Catecismo de la Iglesia Católica, que se basa en el Credo y nos proporciona abundante información detallada sobre su significado.
Como cristianos, nos esforzamos por seguir a Jesús “como Maestro, compañero, hermano y amigo” (#11). Pero, como escribe el papa León: “el Credo niceno pide más: nos recuerda de hecho que no hemos de olvidar que Jesucristo es el Señor [Kyrios], el Hijo del Dios viviente, que ‘por nuestra salvación bajó del cielo’ y murió “por nosotros” en la cruz, abriéndonos el camino de la vida nueva con su resurrección y ascensión” (#11).
Seguir al Señor implica necesariamente abrazar el camino de la cruz “que por medio de la conversión nos conduce a la santificación y a la divinización: la plenitud de la vida humana en Cristo” (#11).
Cuando confesamos esta antigua fe, hacemos mucho más que proclamar de la boca para afuera las verdades de nuestro Credo. Tal como nos enseña el Santo Padre:
“Si Dios nos ama con todo su ser, entonces también nosotros debemos amarnos unos a otros. No podemos amar a Dios, a quien no vemos, sin amar también al hermano y a la hermana que vemos [cf. 1 Jn 4:20]. El amor a Dios sin el amor al prójimo es hipocresía; el amor radical al prójimo, sobre todo el amor a los enemigos sin el amor a Dios, es un heroísmo que nos supera y oprime” (#11).
La próxima vez que recitemos el Credo en la misa, recordemos que, como profesión de fe, nos compromete a vivir lo que creemos y, por tanto, “ante las catástrofes, las guerras y la miseria, podemos testimoniar la misericordia de Dios a las personas que dudan de Él sólo cuando ellas experimentan su misericordia a través de nosotros” (#11).
(Daniel Conway es integrante del comité editorial de The Criterion.) †